El Médico Que Prefirió Suicidarse a Morir en una UCI por Culpa del Covid-19.

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Por: Juan José Hoyos

Jairo es un médico que trabajó muchos años en el Instituto de Medicina Legal de Medellín. Se jubiló en 2004. Nacimos en el mismo barrio pobre de Medellín, pero estudiamos en distintas escuelas y colegios. En 1970 entramos a la misma universidad.

Al cabo de los años, volvimos a encontrarnos contando muertos en la morgue municipal cuando la guerra del narcotráfico convirtió a nuestra ciudad en la más violenta del mundo.Casi me desmayo cuando mi hermana Gilma, que también es su amiga, me contó que él había preferido suicidarse a morir en una Unidad de Cuidados Intensivos, contagiado de Covid-19. Él sabía lo que era estar en una UCI porque lo había visto con sus propios ojos en su oficio de médico.

Jairo tenía su propio remedio para el Covid-19: unas 80 pastillas de Lorazepam —también llamado Ativan—, un medicamento para tratar la ansiedad. Las suyas eran de 2 miligramos cada una. Sabía que con tomar 7 pastillas podría morir. ¡Y para no fallar en el intento, se tomó 40 de una vez!Él empezó a pensar en las pastillas cuando sus antiguos compañeros le contaron que a los viejos mayores de 70 años y, sobre todo, a los enfermos que tenían cuadros previos de otras enfermedades concomitantes, la atención que les prestaban era mínima, ya que por el colapso del sistema de salud se estaba aplicando una especie de código de guerra en los hospitales que consistía en darle prelación en la atención a los jóvenes, dejando abandonados a los pacientes de la tercera edad cuando las circunstancias de la pandemia abarrotaron los hospitales de pacientes con Covid-19 en trance de muerte. “Yo empecé a clasificarme y tenía el álbum lleno” dijo Jairo a sus amigos cuando les habló de su decisión.

“Tengo más de 70 años, soy hipertenso y ya tuve una cirugía de corazón. ¡Si me contagio de Covid-19 me va a llevar el hijueputa! ”Para él no era difícil imaginar lo que iba a suceder si se contagiaba: “Me da esa cosa, me llevan a una UCI y entonces los médicos tienen que escoger entre salvar a un muchacho o a un viejito como yo”. Jairo estaba seguro de que, viendo su edad y consultando su historia clínica, los médicos iban a priorizar la atención a los más jóvenes. “Entonces yo pensé que era mejor morirme en la casa, en mi cama, cobijado, escuchando la música que me gusta y no intubado, lleno de sondas y agujas, y toda mi familia afuera del hospital, llorando, esperando que yo me recuperara o muriera” dijo.Por esa época, él se había ido a vivir a una finca en el río Cauca, cerca de Sopetrán. “Me mantenía allá, cuidando mis vaquitas, con la mascarilla puesta y con todas las medidas de seguridad”. Sin embargo, en septiembre tuvo que ir a Medellín a una diligencia judicial. “Me fui muy protegido —le contó Jairo a mi hermana—. Volví a la finca y como a los dos días empecé con un malestar el berraco. Después me di cuenta de que estaba sin olfato. Entonces concluí que tenía el Covid-19 y decidí proceder. No le dije nada a nadie, solo cogí unas hojitas de mi recetario y me puse a escribir unas instrucciones sobre lo que quería yo que se hiciera con lo que estaba bajo mi responsabilidad… Y yo tranquilo. Me despedí de todos. Me acosté a dormir y como a las 12 de la noche, me desperté con ganas de orinar y enseguida preparé la dulce toma: hice un jugo de mango y me tomé 40 pastillas de las 80 que tenía y me acosté, no a dormir sino a morir…”

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