Un poder desbordado hasta el extremo del crimen

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Por: Jesús Vallejo Mejía 

Es célebre la observación de Montesquieu acerca de que todos los que ejercen el poder tienden a abusar de él, por lo que es indispensable someterlos a frenos y contrapesas que los limiten a través de poderes compensatorios.

Ese temor se pone de manifiesto en nuestra Corte Constitucional, que es un cuerpo que carece de controles efectivos por parte de otros y ni siquiera se cuida de ejercer un autocontrol.

El artículo 241 de la Constitución Política es claro cuando limita su competencia a los estrictos y precisos términos del mismo. Pero la Corte, muy a menudo, lo deja de lado y decide más allá de lo que tan significativo texto le permite.

De hecho, ha asumido los poderes de una alta corte del Common Law, sistema en el que los jueces crean derecho a través de los precedentes a que da lugar el estudio de casos específicos, ignorando que nuestro ordenamiento jurídico se basa ante todo en el imperio de la ley. Además, ha reemplazado el orden superior de la Ley de Dios por una ideología perversa que a la postre es inhumana.

En mi último escrito censuré con severidad sus pronunciamientos sobre el aborto. Debo volver sobre el tema, porque es de enorme gravedad.

Señalo que la Corte desconoce que la mención de Dios en el Preámbulo como protector del orden constitucional, si bien no hace del nuestro un régimen confesional ni teocrático, tampoco consagra un laicismo radical e irreligioso ni un positivismo jurídico a ultranza. La idea subyacente ahí es la de que existe un orden superior, el mismo al que hace referencia la célebre escena en que Antígona reclama el derecho de dar sepultura a su hermano Polinices, contrariando la prohibición impuesta por Creonte:

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“Antígona: (refiriéndose a los decretos de su tío Creonte) No fue Zeus el que los ha mandado publicar, ni la Justicia que vive con los dioses de abajo la que fijó tales leyes para los hombres. No pensaba que tus proclamas tuvieran tanto poder como para que un mortal pudiera transgredir las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Éstas no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de dónde surgieron. No iba yo a obtener castigo por ellas de parte de los dioses por miedo a la intención de hombre alguno.”. Vid. Reflexiones sobre la Antígona de Sófocles (uncu.edu.ar); 153066.pdf (biblioteca.org.ar)

Es lo mismo que alega san Pedro ante las autoridades judías: “¡Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres!” (Hechos 5:29).

El aborto pone término a una vida humana, así sea ésta en gestación. De suyo, pone de manifiesto un espantoso desdén por la vida. Muchos comparan su difusión en los tiempos que corren con los horrendos sacrificios que los paganos ofrecían a Moloch.

Quienes lo promueven invocan el sagrado derecho de la mujer a elegir si quiere o no ser madre. Hablan de respetar su dignidad, pero de hecho la degradan. Dejan de lado los remordimientos atroces que a lo largo del resto de sus vidas atormentan a muchas mujeres que se someten a ello. Y si no experimentan remordimiento alguno, es porque en ellas ha desaparecido la conciencia moral.

En rigor, la aceptación del aborto es la peor muestra de los monstruosos excesos de un individualismo que se empecina a desafiar la naturaleza. Es un acto contra natura y con razón en otros tiempos a las mujeres que sacrificaban el fruto de sus entrañas se las llamaba madres desnaturalizadas.

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Bien se dice que con la difusión del aborto el sitio más peligroso para una criatura humana es el vientre de su madre. Con el aborto se justifica la violencia, Las crueles escenas que mostraban las ecografías llevaron al Dr. Bernard Nathanson, el “Rey del Aborto”, a asumir el liderazgo provida y convertirse a la postre al catolicismo. (Vid. La conversión del rey del aborto | tengo sed de Ti). En contraste, la marcha por la vida hace poco en Viena se desarrolló bajo la consigna de que la paz comienza precisamente en el vientre materno. (Vid. “La paix commence dans le ventre de la mère”; Marche pour la Vie à Vienne – BELGICATHO.

Y no en vano se desafía el orden natural. El aborto, concebido como medio de control natal, ha acelerado en los países occidentales el invierno demográfico, vale decir, el envejecimiento de la población, que conlleva la necesidad de promover la inmigración que suministre brazos jóvenes para el sostenimiento de los mayores (vid. El ‘invierno demográfico’ es peor que el ‘cambio climático’ (acnmex.com).

Me decía un colega cubano en Chile que uno de los problemas más delicados que afronta su país es la crisis de la natalidad. La población cubana no crece. Se habla de 100.000 abortos anuales.

Las sociedades extremadamente individualistas que se niegan a reproducirse tienen que someterse a la invasión de otras que sí se reproducen y terminarán imponiéndose en sus países. Están repitiendo el fenómeno de la crisis de la sociedad pagana en la antigüedad, en la que eran frecuentes el aborto y el abandono de los recién nacidos, lo que dio lugar al crecimiento del cristianismo, que favorecía a la familia y la natalidad. Como lo ha puesto de presente el famoso sociólogo Carle C. Zimmerman, el auge de la civilización occidental se debe en muy buena medida a la concepción de la familia que impuso el catolicismo (Vid. Family and Civilization: Carle C. Zimmerman, James Kurth, Allan C. Carlson, James Kurth, Bryce Christensen: 9781933859378: Amazon.com: Books).

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Raymond Aron era judío no creyente. Sin lugar a dudas, cabe considerarlo como el más importante de los pensadores liberales del siglo pasado. Pues bien, recuerdo que en un reportaje para L’Express hace cosa de medio siglo dijo textualmente: “La civilización occidental marcha hacia su destrucción: ya quiere aceptar el aborto”.

En mi “Introducción a la Teoría Constitucional” observo que la civilización brota de un impulso hacia lo alto llamado a trascender el estado de naturaleza. El desconocimiento de esa realidad conlleva su ruina. No en vano se acusa a los abortistas de ser asesinos de la civilización. (Vid. Civilization Killers – On the Decline of Three Basic Cultural Indicators and What it Means for America – Community in Mission (adw.org)

Por eso no vacilo en afirmar que estamos bajo la tiranía de una Corte herodiana que promueve la matanza de los inocentes.

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