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domingo, diciembre 4, 2022

El incómodo congreso

Por: Guillermo Mejía Mejía

Desde la época de los romanos, el parlamento, el congreso, las cortes o como quiera que se le denomine a ese órgano colegiado, no ha sido cómodo para los gobernantes que tienen una concepción absolutista del poder.  

El 15 de marzo del año 44 a.C, la sospecha de algunos senadores romanos de que Julio César quería convertirse en dictador, originó el complot que terminó en su asesinato en el mismo recinto del Senado romano. A partir de ahí, los que lo sucedieron en el poder, los emperadores, despreciaron la institución, que, si bien no era propiamente de elección popular, sí tenía una alta consideración en el pueblo raso. Las legiones llevaron por mucho tiempo en su lábaro, las iniciales SPQR, senatus populusque romanus, el senado y el pueblo romano. 

El hijo mayor de Juan Sin Tierra, Enrique, llegó al trono a la edad de nueve años y debió ser atendido en la regencia por personas de la nobleza. Una vez llegó a la mayoría de edad, desconoció los acuerdos firmados por su padre en la Carta Magna, lo que originó una guerra entre sus partidarios y los de su cuñado Simón V de Montfort, quien lideraba los barones rebeldes, el primer asomo de parlamento inglés, confrontación que terminó en la batalla de Lewes, el 14 de mayo de 1264, en la cual Enrique terminó prisionero y tuvo que ratificar los acuerdos firmados por su padre. 

En Francia la falta de pan, debido a una mala cosecha de trigo en el año de 1789, la situación económica del país como consecuencia de su participación en la guerra de los Siete Años contra Inglaterra y de su ayuda a los revolucionarios norteamericanos, pero, sobre todo el desprestigio de la monarquía, especialmente por los excesos de la reina María Antonieta, hicieron que la nobleza que se encontraba en bancarrota, le pidiera al rey Luis XVI que convocara a reunión de los Estados Generales que no se reunían desde 175 años atrás, en 1614. 

Esos Estados Generales los componía la nobleza, el clero y el pueblo raso, que votaban por estamento, no por persona, pero el ambiente revolucionario que imperaba en ese año de la toma de La Bastilla logró que se cambiara el sistema de votación por una persona un voto que desde luego hacía que el Tercer Estado, el pueblo, fuera la mayoría. Ya con superioridad del Tercer Estado y con la alianza del bajo clero y de algunos nobles acosados por la pobreza, se decide cambiar el nombre de Estados Generales por el de Asamblea Nacional, cuya principal función era la de darle a Francia una Constitución. Era ya, pues, una asamblea constituyente cuya idea inicial era convertir a Francia en una monarquía constitucional.

Para la reunión de la asamblea de los Estados Generales, el rey había hecho acondicionar un salón grande en donde tradicionalmente se guardaban los elementos de juego, de caza y artículos de decoración. Luego de que el rey conociera la decisión de cambiar el sistema de votación, con el pretexto de unas reparaciones urgentes, ordenó cerrar el salón de sesiones con el fin de crear una disculpa para que la asamblea mayoritaria del Tercer Estado no tuviera donde reunirse. Pero algunos representantes de este estamento encontraron otro salón, dedicado al juego del frontón, (“jeu de paume), y allí juraron, a instancias del abate Sieyés, “no separarse jamás y reunirse cuando así lo exigiesen las circunstancias hasta que la constitución del Reino sea establecida”. Fue el juramento del juego de la pelota. 

En 1812, cuando la familia real española se encontraba prisionera en Francia, se reunió en Cádiz un Congreso, las Cortes de Cádiz, cuyo propósito era redactar una nueva Constitución para España, de estructura democrática, que incluía a los residentes en las colonias de América con los mismos derechos de los nativos peninsulares. Pero en 1814, cuando ya los franceses estaban derrotados y Fernando VII regresa a España, el monarca absolutista deroga la constitución liberal y reinstaura la monarquía sin controles. Un coronel del ejército español, Rafael de Riego, el 1° de enero de 1.820 se insubordinó y proclamó la restauración de la Constitución de Cádiz y el restablecimiento de las autoridades establecidas en la misma. 

Tras el fracaso de Napoleón, algunos países habían regresado al sistema de monarquías absolutistas y miraban con mucha desconfianza el establecimiento de un régimen constitucional en España, con congreso incluido, en España se llaman Cortes, que limitaba el poder del rey. 

Tres países se juntaron y enviaron tropas al mando de un general francés, “Los 100 mil hijos de San Luis”para devolverle el trono dictatorial a Fernando VII, el personaje que nos envió a Morillo para la reconquista, y abolir definitivamente la Constitución liberal de Cádiz con sus cortes. Tres años duraron los enfrentamientos hasta que las tropas extranjeras entronizaron nuevamente al sátrapa en el trono absolutista que duró hasta su muerte en 1833.  

En 1.922, por la cobardía del Rey Víctor Manuel III, Mussolini se tomó el poder por la fuerza en Italia y lo primero que hizo fue tratar de abolir el parlamento italiano. Uno de sus miembros era Giacomo Matteotti, jefe del Partido Socialista Unitario, quien comenzó una férrea oposición al Partido Nacional Fascista y al propio Mussolini y prácticamente se había convertido en una voz solitaria en la Cámara de Diputados. El 30 de mayo de 1924, Matteotti pronunció un discurso en la Cámara para denunciar el fraude en las elecciones anteriores del 6 de abril, en las que las camisas negras intimidaron a la población votante. Al terminar su discurso, pronosticó su muerte, como efectivamente sucedió días después, con su secuestro el 10 de junio en las calles de Roma y el posterior hallazgo de su cadáver, descompuesto, el 16 de agosto siguiente. Esa muerte produjo un efecto tan intimidatorio, que propició una desbandada de diputados de otros partidos hacia el fascismo y dejó prácticamente en manos de los seguidores de Mussolini todo el poder legislativo de la Italia de los años 20 y 30. 

Casi que, por la misma época, sucedió lo mismo en Alemania pues los rápidos sucesos acaecidos tras la llegada a la Cancillería de Hitler dieron al traste con los demás partidos políticos, con la quema y luego supresión del Parlamento alemán mediante la “Ley habilitante de 1933” que le otorgaba plenos poderes a aquel y quedaba convertido en amo y señor de Alemania. 

En 1.949 el presidente Mariano Ospina Pérez, mediante decreto de estado de sitio, cerró el Congreso Nacional, las asambleas departamentales y concejos municipales y Colombia estuvo gobernada de facto durante 10 años hasta que asumió el presidente constitucional Alberto Lleras Camargo en 1.958.  

En España, el 23 de febrero de 1.981, un grupo de guardias civiles franquistas, al mando del teniente coronel Antonio Tejero, se tomaron por asalto el Palacio de las Cortes mientras se votaba la investidura a la presidencia del gobierno democrático de Leopoldo Calvo Sotelo. En esta oportunidad el Rey, Juan Carlos de Borbón, estuvo a la altura y en la madrugada del 24 del mismo mes, desautorizó el golpe y defendió la Constitución de 1.978. 

Estos son algunos ejemplos de todo lo que les molesta a los gobernantes de corte dictatorial el congreso: la separación de poderes, el sistema de pesos y contrapesos, que teóricamente debería mantener el equilibrio entre las diferentes ramas del poder público.  

Lo que acaba de suceder en Estados Unidos es otro ejemplo más de lo que un personaje ambicioso, sin principios, puede llevar a cabo en la nación más poderosa del mundo.  

Impensable que el Congreso de los Estados Unidos estuviera tomado por horas por unas hordas instigadas por el propio presidente del país. 

La democracia está en peligro en muy buena parte del mundo pues personajes como Trump, Putin, Bolsonaro, Duterte, Maduro y Ortega, entre otros, no son amigos de los congresos, corporaciones cuestionadas, algunas con razón, pero que sin ellas no puede existir el sistema de participación popular en el Estado.

 

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