Que difícil es morir – Crónicas de Gardeazábal

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Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

El Flaco Moreno era un chico travieso, inteligente. Ha revesado con los suyos y con la sociedad en donde vivió las cuatro quintas partes de su vida lujuriosa. Tanto desboque le pasó factura a los 51 años, y desde hace seis semanas, espera que le llegue la muerte. Ya sea porque lo desconecten o porque la burocracia hospitalaria y el leulerismo colombiano permitan su eutanasia por razones de la vida que llevó, se fue quedando solo con su genialidad a cuestas.

Su madre sobrevive en un hospicio para ancianos perdidos en las brumas del olvido en Madrid. Su hija se fue del terruño hace mucho tiempo y engrosó las filas para colombiana el día que le dio el infarto y el derrame cerebral en medio de una de sus fenomenales parrandas. Una mano caritativa lo llevó al hospital universitario del Valle en Cali. Allá está en una UCI, contra que ostomía gastrostomía, cuadriparapésico anoréxico, y un diagnóstico irreversible.

Su única hermana ha llegado de España para personalmente solicitar que lo desconecten, pero le han exigido un juicio de eutanasia que puede demorar meses. Y ella debe volver a su trabajo como para América en una última madrileña y a seguir velando por su anciana madre despistada. Nadie, entonces, responderá por el Flaco Moreno, el vegetal que mantiene con vida. Ni mucho menos que exista alguien que se haga cargo de él cuando el hospital o la EPS consideren que ya no lo pueden tener más en la UCI. Morir en este país donde matan tanta gente diariamente se ha vuelto muy difícil para quienes no pueden saltar la ley.

Quizás, El Flaco Moreno, en su inconsciencia, lo está incluyendo, y hasta podrá estar gozando del último concierto que se ha ingeniado para que los que lo sufrieron o lo soportaron, lo odiaron o lo alcanzaron a compadecer, se den cuenta que el absurdo es la vida, no la muerte.

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