Pausa Espiritual – Te Deum

9 Min Lectura

Por: Pbro. Diego Alberto Uribe Castrillón

Las últimas páginas de las agendas y de los calendarios se cierran, los balances y evaluaciones dejan en el corazón su huella de desconcierto, de esperanza, de expectativa, mientras que los a veces eternos minutos que faltan para “las doce” despiertan una nostalgia profunda y una sensación de expectativa que, en medio de esa ignorancia que aún padecemos, pone a la gente a consultar vaticinios o a hundirse en sombríos agüeros como si el futuro dependiese de algún sortilegio.

Esta Pausa la hemos titulado Te Deum recordando una sublime práctica creyente que invita a iluminar la transición de los almanaques con la espléndida secuencia de alabanzas que, en la lengua corriente se ha traducido como “Señor, Dios eterno, alegres te cantamos” aunque la mente aún evoca la cadencia gregoriana que, en nubes de incienso, dejaba escuchara aquello que cantaba Te Deum laudamos, te Dominum confitemur, aquello que Charpentier hizo sublime, o que se entonaba alternando las graves notas del órgano litúrgico mientras que el corazón se sobrecoge ante lo eterno mientras que sigue suspirando en la temporalidad de cada día.

Es hora de agradecer. Agradecer la vida que Dios nos da, agradecer la fe que nos sostiene en horas tan complejas como las que vive la humanidad, agradecer la esperanza que nos da el sabernos acompañados por la confianza en la Majestad Divina que puso la historia en nuestras manos para que la ilumináramos a pesar de que muchas veces la salpicamos de sangre, la teñimos con sombras de muerte, la inundamos con lágrimas, la mancillamos con nuestras ambiciones, volvimos un mar de borrones la belleza que Dios nos confió.

Por eso antes de decir Te Deum debe el corazón hincarse de rodillas para reconocer que no hemos sido fieles al amor que nos sostiene, que hemos desperdiciado muchas esperanzas, que hemos abandonado el sendero de la verdad y la bondad que Dios nos señaló, que se nos fue el tiempo mirándonos en el espejo de las ilusiones y de las ambiciones y por ello nos cogió ventaja la búsqueda de la paz, la conquista de la unidad, la construcción de la comunión humana que pudiera dignificar la vida y rescatarnos del fango en el que nos han querido ahogar tantas corrientes envenenadas saturadas de odio, de envidia, de corrupción.

Sí, para poder decir Te Deum es preciso retomar la fragilidad de nuestra vida y unirla a la fortaleza que nos da la certeza de la presencia del Creador y dejar que sea su inmensa bondad la que nos muestre el camino, la que nos señale en el horizonte de la vida la fuente de la verdad que nos mueva, el manantial de la esperanza en el que podamos abrevar alegría para caminar las jornadas que nos esperan.

Hay que agradecer porque no nos hundimos, porque la barca desvencijada de la historia no fue sepultada por tantas olas furiosas de amargura, porque aún existe la esperanza de ver cómo se desvanecen las tormentas de muerte y de violencia que han oscurecido este año que se va, porque sabemos que con la confianza en Dios se pueden atravesar las cañadas oscuras que nos encontramos en este caminar, porque sabemos que el amor sigue venciendo allí donde se quiso clavar el aguijón de la muerte, porque las propuestas de muerte y de desesperanza encontraron la muralla de la virtud que aún nos puede defender, porque en las atalayas de la historia aún hay centinelas que nos adviertan, porque aún se recuerdan la eterna vigencia de la ley Divina y porque el diablo envidioso no pudo alcanzar sus propuestas tantas veces disfrazadas en leyes que destruyen, en reformas que envilecen la vida, en maquinaciones de mentes alucinadas, en esclavitudes fraguadas por los tiranos del odio y de la muerte.

Decir Te Deum Laudamus es también pedir luz. En vez de atragantarnos con doce uvas, deberíamos dejar que la luz de la esperanza nos enseñe a pensar con cordura, a actuar movidos por la verdad, a caminar en la confianza, a mirar todo con el lente límpido de la sabiduría y de la virtud. Mucho nos han de enseñar los sabios que aún nos quedan, la memoria admirable de quienes nos enseñaron a vivir. Cómo no recordar en este día el paso a la paz de Dios de Benedicto XVI, cómo no agradecer al Dios fiel la presencia de tantas fuentes de verdadera luz que aún permanecen encendidas, cómo no dar gracias por la vigencia de las verdades que se vuelven columnas que impiden que se desplome esta frágil estructura del corazón humano.

No podemos permitir que esta hora final de este año que hemos vivido se nos llene de amargura. Hay que abrir el corazón a la fe, a la presencia amorosa de tantos seres humanos que siguen soñando con un mundo nuevo, hay que bendecir que aún se quiera luchar por renovarlo todo pero con la luz de la esperanza, con la fuerza de la fe, con la bendición de una verdadera tradición de valores que no se reduzca a la añoranza sino que se inspire en la fortaleza de espíritu y en la grandeza del corazón de los que, en tiempos peores que los de ahora, no soltaron el timón de la confianza, no se dejaron intimidar por las argucias de los corruptos, no se dejaron seducir por las quimeras perversas de las ideologías y de las doctrinas nacidas de corazones alucinados por el vicio, por la violencia, por la idolatría de las ambiciones.

Que no se nos vaya a olvidar que somos sobrevivientes de una tempestad de engaños que tiene que pasar, que no se nos olvide que algún día, en la fuente de la gracia de Dios nos ungieron para ser reyes y no esclavos, nos consagraron para ser profetas y no altavoces del odio, nos ungieron con perfume de esperanza y nos entregaron el blanco vestido de la virtud y la resplandeciente antorcha de la fe. No podemos seguir repitiendo el oscuro rumor de los cucarrones porque lo nuestro es cantar como el ruiseñor y hacer eco a los jilgueros de la esperanza y de la alegría. Desde ya, feliz año de esperanza, de fe, de confianza.

Pausa en la Pausa.

Hoy se mira con amor la Familia Sagrada de Jesús. Necesitamos reflejar en los hogares la dulzura de María, la humilde grandeza de José, la admirable clemencia de Jesús. Y mañana es la Jornada de Oración por la Paz. Pidamos que este regalo esperado se consiga con la fe puesta en el amor de Dios que nos une, nos e vuelva consigna de los perversos, que la Paz no sea una paloma herida sino una conquista lograda en el respeto, en la virtud, en la piedad, en la clemencia, en la justicia, en la verdad.

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