Pausa Espiritual – La paciencia de Job

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Por: Pbro. Diego Alberto Uribe Castrillón

El curso de la historia nos va llevando a pensar con ese estilo que distingue ese género literario sapiencial que tiene joyas espléndidas en las Sagradas Escrituras, una de ellas es el libro de Job, aquel personaje que de cuando en cuando se lee en las celebraciones pero que ha pasado al lenguaje popular con el expresivo título de “justo Job” con el que se proclama su paciencia infinita y su tolerancia probada.

Es que la vida nos va recordando que nuestro paso por el mundo debe ser algo más que una dura jornada, algo mucho más grande que una noche de desvelos en los que giramos y giramos sobre nuestras amarguras sin darle espacio a la esperanza y a la confianza. Corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por una ola de pesimismo o por un activismo desesperado que nos ahoga y nos provoca estados complejos de depresión, de angustia, de desconfianza.

Es en este contexto que se nos pide un saludable ejercicio que nos ayudará muchísimo a definirnos y a mirar con esperanza la existencia. Por eso volvemos a recordar el bíblico tesoro de los libros sapienciales entre los que se ha puesto el largo y bello libro de Job, un hombre probado hasta el extremo que terminan dándonos unas lecciones especiales de tolerancia, de sensatez, de confianza y de fe y que ahora se hacen urgentes ante el panorama complejo de nuestra historia que gira y gira sobre unos ejes dolorosos que nos confunden y nos desesperan.

Incluso habría que redefinir la tolerancia porque hemos caído en la tentación de pensar que esta palabra tan socorrida hoy equivale a una especie de angustiosa capacidad de ceder ante todo, de permitirle a los oscuros movimientos del mal que se apoderen de todo, de dejar que todo pase y de convertirnos en esclavos de todo lo que vaya en contra de la cordura y de la sensatez parta evitar los conflictos y para generar una falsa paz, una sensación de tranquilidad que es engañosa porque la corriente del mal sigue moviéndose bajo la dulce calma de unos lagos serenos que parecen espejos.

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Hay que ofrecer al mundo en el que estamos la seguridad de unos valores y la grandeza de unos principios que nos afirmen en lo justo, en lo noble, en lo verdadero. No podemos abrir grietas que terminarán derrumbando el edificio de los valores y las virtudes con la disculpa de una falsa paciencia o con la ilusión de que tolerarlo todo nos aseguraría una vida sin conflictos y sin sobresaltos. Cuando el corazón se ha afianzado en la fidelidad a la voluntad de Dios, en la búsqueda de la verdad, en la conquista de la justicia y de la cordura, entonces podremos enfrentar tempestades y huracanes sin que naufraguemos en esta mar encrespada.

No se nos puede olvidar que uno de los recursos que tiene el que los abuelos llamaban “el enemigo del género humano” es hacer parecer bueno lo malo, es justificar las corruptelas y maquillar los conflictos ignorando la perversa intención que mueve muchos corazones que solo piensan en sus conquistas y que solo buscan saciar sus insaciables apetitos de gloria, de poder, de fama, de triunfo. No podemos venderle el alma al maquinador de la desgracia humana a cambio de una gloria que se desvanece como la nieve al rayo del sol, no podemos sacrificar la dignidad ni la grandeza de los valores alegando que hay que dejar que todo pase, que hay que tolerarlo todo para que todo fluya.

Es hora de dejarse curar el corazón. Justamente en el Evangelio que se proclama en este Domingo, hay una serie de curaciones que sanan el corazón sanando también los males del alma que nos invaden y nos descompensan. Es lo que necesitamos en esta hora en la que todo parece confabularse para que perdamos la paciencia o para que terminemos tolerándolo todo para que la vida se mueva en una falsa calma, en una cosa rara que los viejos navegantes llamaban “calma chicha” y que retrata un mar como un espejo en el que no se alcanzan a ver las corrientes profundas y en los que no faltará algún tiburón dormido o un enjambre, mejor un cardumen, de aguamalas preparando sus venenosas efusiones.

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Hay que dejarse sanar. Hay que permitirle al que todo lo puede, al Señor de la vida y de la esperanza, que nos quite la fiebre, como a la suegra de San Pedro, que nos regale su fuerza y su sabiduría para que nos pongamos en la tarea de sanarlo todo, de arrancar de cuajo tanta maleza, de desterrar la sombra perversa que van dejando los que fundaron sus “logros” en el detrimento de los valores morales, de los recursos humanos, los fondos del erario público, de las ilusiones de tanta gente que, por tolerarlo todo con una paciencia engañosa, nos han dejado sepultados en un mar de escombros.

Unámonos a los que ahora se unen al clamor nacional y universal por hacer brotar en este desierto de amarguras la grandeza de un mundo iluminado por la honestidad, por la rectitud, por la transparencia en las acciones y por la disposición de servirle a la vida, a la virtud, a la belleza de la justicia y de la esperanza. Que el “enemigo malo” el que azotó al paciente Job con tantos tormentos, salga derrotado por el escuadrón de la virtud y por una humanidad acorazada con la sabiduría y la honestidad.

Pausa en la Pausa

Que no se apaguen las luces encendidas en el corazón del Divino Maestro en la fiesta de la Señora de la Luz. No se nos olvide que hace dos milenios se nos regaló en la fe el sol que nace de lo alto, la luz que ilumina las naciones, el sol que no conoce ocaso, la luz de luz y de eterna gloria.

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