Pausa Espiritual – Enseñar con autoridad

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Por: Pbro. Diego Alberto Uribe Castrillón

Avanza esta historia nuestra tan parecida a un crucero por un mar turbulento en el que amaina una tempestad y empieza otra, a un tifón le responde un huracán; es que la humanidad seguirá navegando en la compleja y a la vez admirable época que nos toca. No faltará quien quiera quedarse en el puerto, no faltará alguno que quiera arrojarse al mar y esquivar el reto que nos propone la vida para demostrar que, por fortuna, la sabiduría eterna que nos dirige seguirá regalándonos la voz del Salvador, que es también Maestro, para enseñarnos a remar y para no dejar hundir nuestra barca.

Justamente hoy, por fecha, habría que conmemorar a Santo Tomás de Aquino, hemos de recordar la urgencia que tiene el mundo de una sabiduría que sea siempre antigua pero sobre todo siempre nueva para guiarnos en estas agitadas olas de la historia, sobre todo cuando aún se celebran 700 años de la canonización de este gran maestro que ”Brillaba con recta inteligencia y lucidez, y mientras investigaba con reverencia los misterios divinos con la razón, los contemplaba con ferviente fe», como dijo el Papa Francisco al unirse a las celebraciones jubilares. Antes de que se pierda del todo la lucidez que necesitamos en esta hora del mundo opacada por los nubarrones de la crisis intelectual que vivimos y cuando están comenzando las tareas académicas, es bueno volver a pensar en la misión de los maestros hoy.

Cuando el Magisterio (Magis-stare) supo ser un servicio que exaltaba, incluso físicamente al Maestro en las altas cátedras que hubo en muchas aulas, nunca olvidaremos que muchos de ellos ofrecieron desde sus cátedras lecciones inolvidables de sabiduría; pudieron hacerlo porque eran como una fuente cristalina y fresca de conocimientos y de experiencias que, terminaron ofreciéndonos una sabiduría transparente, diáfana, luminosa, que se hizo eterna e irrebatible por la profundidad de sus contenidos. Lo lograron sin metodologías rebuscadas y artificiosas, sin recurrir a la “inteligencia artificial” que ahora se quiere volver bibliografía irrefutable, y lo lograron porque siempre iluminados por la fe y por la constante referencia a lo eterno y a lo inefable supieron brillar por la autoridad sublime e inmarcesible de su testimonio, rubricado por una virtud intachable, por un amor fiel a la verdad, a la belleza, a la bondad.

Es que enseñar es acudir a las fuentes para poder emprender una singular comprensión de la palabra Maestro: el que acompaña en un gran camino (Magis Iterum) para que esos largos y tediosos itinerarios en los que hoy avanza la humanidad no se vean interrumpidos por los abismos que ha perforado una tal deformación de los valores que lo que ha logrado es engañar, como en las trampas de los cazadores, a tanta gente que se deja deslumbrar con artificiosas elucubraciones que parecen brotar de una mente alucinada o de la improvisación desafortunada que hoy se ha vuelto frecuente en muchas instancias del mundo, de la cultura, de las mismas academias.

Los que han sido llamados a acompañar los largos caminos de la humanidad se revisten, como los antiguos peregrinos, con el manto de la sabiduría saboreada en las fuentes de la verdad, de la virtud, de la perpetuidad de los valores que encontraron, proclamaron y establecieron los que como Agustín de Hipona, Tomás de Aquino y los que pudieron ser doctores, entendieron que su misión no era la de empapelar con pergaminos historiados sus despachos sino avanzar con sus discípulos por el sendero de la justicia, de la verdad, de la esperanza, de la alegría, ofreciéndoles el esplendor de unos valores vividos, de una fe probada, de una inmensa alegría por poder ser apoyo y sustento de los que tienen que transitar por caminos minados con el error de las doctrinas embriagadas de violencia, de resentimiento y de amargura.

Por eso, justamente cuando el Evangelio de este domingo les dirá a quienes lo acojan que en aquellos días los sabios de Israel vieron que había salido a los campos una sabiduría enseñada con autoridad, una palabra que derrotaba la astucia del demonio, se nos llama a que recobremos el sendero de la verdad y de la vida y que nos dejemos enseñar siempre por esa ciencia nueva que, por conocer hondamente la humanidad, tiene la autoridad para advertir que si nos dejamos manipular por el odio, por la violencia, por la irreverencia, por la novelería de tantas cosas engañosas, no saldremos nunca de interminables debates donde la insensatez es tan evidente y donde queda la sensación de haber elegido para que nos dirijan una turba ebria de amargura y una corte de aduladores de la insolencia y de la corrupción.

Pausa en la Pausa

En esta semana en la que celebraremos a la Virgen de las Candelas, en Riohacha, en Magangué, en la Popa, en Medellín, en tantos lugares, que bueno pedirle a la Señora de la luz, que le pida a su Niño que no nos abandone en esta noche oscura, para que, pasado este eclipse de valores, “cese la horrible noche… y el sol alumbre a todos” y podamos avanzar con los que si saben como acompañar el camino de la cordura y de la virtud.

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