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NECESARIO EQUILIBRIO ENTRE DERECHOS

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Por: José Gregorio Hernández Galindo

El derecho a la información, garantizado en el artículo 20 de la Constitución, es fundamental y merece especial protección y resguardo, no solamente por ser inherente a la naturaleza humana, sino porque su garantía y eficacia resulta esencial en una democracia, en cuanto preserva el valor esencial de la libertad y el control ciudadano sobre quienes ejercen el poder.

El derecho a la información es tan importante para una sociedad democrática, para asegurar la indispensable transparencia de la gestión estatal y para el pleno ejercicio de las libertades públicas -individuales y colectivas- que los primeros actos de todo golpista o dictador consiste en invadir e intervenir los medios de comunicación, en obstruir las labores de investigación y divulgación periodística y en imponer la censura de prensa.

Sobre los alcances del derecho a la información, ha sostenido la jurisprudencia nacional y la de los tribunales internacionales que es un derecho humano de primer orden.

No es un derecho absoluto, pero las restricciones y límites son excepcionalísimas.

La Corte Constitucional colombiana señala al respecto: “El derecho a la información es de doble vía, característica trascendental cuando se trata de definir su exacto alcance: no cobija únicamente a quien informa (sujeto activo) sino que cubre también a los receptores del mensaje informativo (sujetos pasivos), quienes pueden y deben reclamar de aquel, con fundamento en la misma garantía constitucional, una cierta calidad de la información. Esta debe ser, siguiendo el mandato de la misma norma que reconoce el derecho, veraz e imparcial.” (Sentencia T-332 de 1993)

Pero hay derechos -también fundamentales- como el derecho a la intimidad personal o familiar y como el derecho a la honra y al buen nombre, que pueden resultar afectados por la información.

En lo que hace a la intimidad, es claro que los asuntos del exclusivo interés de la persona o de su familia no pueden ser objeto de información en medios, ni tampoco en redes sociales, sin la autorización de quienes pueden resultar afectados.

En cuanto a la honra y al buen nombre, el artículo 20 de la Carta prevé la rectificación, a la que puede acudir la persona, para que, en condiciones de equidad, el medio o la entidad o persona que divulgó la información falsa o engañosa reconozca públicamente que lo fue, y presente las necesarias disculpas, en orden a restablecer, hasta donde sea posible, los derechos fundamentales quebrantados. De todas maneras, si se insiste en la información, cabe la acción de tutela, y, según la gravedad de lo informado y de los perjuicios causados, cabe la acción penal por calumnia o injuria, y la acción civil, con miras al resarcimiento económico correspondiente. Muchas veces, el daño causado es tan grande que toda rectificación es tardía e insuficiente.

La jurisprudencia se ha referido al equilibrio entre derechos, y ha insistido en la ponderación y en su ejercicio responsable y respetuoso. Si bien no puede haber censura y el interés general está de por medio, tanto periodistas como medios de comunicación y quienes hacen uso de las redes sociales, que hoy tienen enorme importancia en materia informativa, deben ser prudentes. No deben ocultar información, pero la que difundan debe ser veraz y adecuada a los hechos que se divulgan, para no vulnerar los aludidos derechos.

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Marchas y Contramarchas.

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Por: Gonzalo Concha.

Cargadas de tigre se cocinan marchas y contramarchas, tanto de derecha como de izquierda; bien para protestar por el actuar y acontecer en el gobierno del Presidente Gustavo Petro; así como otros marcharán, para apoyar su gestión, planes y proyectos; y como si esto no fuera ya preocupante; todo se eleva a la máxima potencia cuando por las redes sociales y con conocimiento de causa y efecto, la cita sería para salir unos y otros, el mismo día, pronosticando así la tormenta perfecta.

Siendo la libre protesta un derecho fundamental (Constitución Política de Colombia ARTICULO 37. Toda parte del pueblo puede reunirse y manifestarse pública y pacíficamente. Sólo la ley podrá establecer de manera expresa los casos en los cuales se podrá limitar el ejercicio de este derecho) siempre sabemos dónde inician las marchas, pero nunca sabemos cómo terminan; olvidándonos que también debemos tener como referente fundamental, los derechos de los no marchantes, en su mayoría comerciantes que, por estar localizados en las vías preferidas para protestar, siempre terminan vandalizados y qué decir de cómo termina el mobiliario urbano, que es de todos y para todos; sin olvidarnos que estos eventos siempre afectan significativamente el libre desplazamiento de las personas que deben o que necesitan movilizarse.

Como caldo de cultivo, las marchas y contramarchas, que en poco o nada contribuyen en la consolidación de un País más justo, próspero y en paz; sí contribuyen enfrentando y distanciando a dos Colombias, con dolorosos episodios donde todas las partes siempre salen perdiendo.

Estamos a tiempo para ponernos hielo en la cabeza y sopesar la gravedad de lo que podría suceder con un viento huracanado en contra, cuando la emoción siempre termina derrotando a la razón.

En el Caso particular de Santiago de Cali – con recientes y dolorosas experiencias en esta materia – los daños de todo tipo que estas marchas pueden causarle a la ciudad cuando todo se sale de control, siempre es imposible cualificarlos y cuantificarlos, sobre todo si tenemos en cuenta que la ciudad atraviesa por una de las épocas más difíciles de su historia reciente en todos los campos, pero en particular en el delicado campo de la seguridad.

Hoy, cuando ya se asoma la elección de los alcaldes; en el caso de Santiago de Cali, con una amplia baraja de candidatos, es importante tener en el considerando que no solo debe caber todo el Municipio en la cabeza al candidato, sino que debe generar confianza y respeto por la democracia, así como una reconocida autoridad moral y la experiencia necesaria en el manejo transparente y eficiente de los recursos públicos – hoy de capa caída – esperanzados en un Santiago de Cali, donde todos nos sintamos incluidos, comprometidos y motivados con un llamado al: “SIN USTED; NO HAY UN NOSOTROS”

La prosperidad y la paz de Santiago de Cali, a todos compromete y beneficia; ni uno menos.

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LOS MUCHACHOS QUE SE ATREVIERON A DEJAR SUS CELULARES

Leidy Garcia Balvin

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Por: Juan José Hoyos

La historia empieza en los escalones de una biblioteca de Nueva York. Allí se reúnen cada semana unos doce adolescentes que participan de un rito muy particular. Hacen parte de un club. Y buscan liberarse de la dependencia de sus teléfonos celulares y de las redes sociales. Dicen que quieren aprender a usar sus cerebros.
“Estamos aquí todos los domingos, llueve o truene, incluso si cae nieve” le dice uno de ellos al periodista que los acompaña. Cuando han llegado todos, caminan hacia un parque, mientras esconden sus teléfonos. Muchos usan iPhone. Otros prefieren marcas y modelos más sencillos o antiguos. Pero la marca o el modelo de los aparatos no son para ellos motivo de ostentación. Todo lo contrario.
Habitualmente, buscan una pequeña colina alejada de la gente. Entonces empieza el ritual. “Algunos dibujan en cuadernos. Otros pintan con acuarelas. Con los ojos cerrados, uno se sienta a escuchar el viento. Muchos leen. Citan como héroes a escritores libertarios como Hunter S. Thompson y Jack Kerouac, y les gustan las obras que condenan los males que acarrea la tecnología” cuenta el periodista.
Lola Shub, una estudiante de último año de bachillerato, se muestra feliz de haber dejado de usar un teléfono inteligente. “Cuando conseguí mi teléfono tonto con tapa, las cosas cambiaron instantáneamente”, dice. “Empecé a usar mi cerebro. Me hizo observarme como persona. También he estado tratando de escribir un libro. Llevo como 12 páginas”.
La fundadora del club es Logan Lane, una chica de 17 años. Ella dice que durante el confinamiento de la pandemia su apego a las redes sociales se volvió preocupante para ella: “Me consumió por completo”. Para vencer su adicción, borró Instagram, que era la red que más usaba, pero eso no fue suficiente. Entonces decidió guardar su teléfono en una caja.
Logan cuenta que entonces sintió por primera vez lo distinta que era la vida sin un iPhone. “Leía novelas en el parque. Admiraba los grafitis cuando viajaba en metro y conocí a otros muchachos que me enseñaron a pintar con aerosol en los patios de estacionamiento de los trenes de carga”.
Sus padres valoraron su transformación, pero insistieron en que llevara un teléfono de los sencillos, con tapa, para poder comunicarse con ella. Sin embargo, el sueño de Logan es no tener ningún teléfono. “Mis padres son tan adictos a ellos…” dice al periodista. “Mi mamá entró en Twitter y Twitter se apoderó de ella”.
El club fue fundado en el 2021 y lleva el nombre de Ned Ludd, un obrero inglés del siglo XVIII que se volvió famoso por destrozar un telar mecánico para hacerles comprender a sus compañeros los peligros de la automatización y la industrialización. Hoy, el club tiene unos 25 socios.
Apenas acaba la reunión, los muchachos se van por un camino solitario, sin luces, y hablan de poesía, de música y de los males de Tik Tok.
Alex Vadukul, el periodista de 33 años que escribe la crónica, publicada en The New York Times, es uno de los jóvenes reporteros heredero de la tradición narrativa de los grandes periodistas del Times, como Gay Talese, a quien llama “su padre”.
Alex termina su relato contando cómo una estudiante señala el cielo y dice: “Miren. Estamos en cuarto creciente. Eso significa que la Luna se hará más grande…” Luego describe por última vez a los muchachos: “Caminando por la oscuridad, la única luz que brillaba en sus rostros era la de la Luna”.

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