Los Muchachos de Zinc

Columnistas
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Por: Juan José Hoyos

“La verdad de la guerra no está en los cuarteles, en los partes oficiales o en los estados mayores, sino en los recuerdos de sus víctimas, que son casi todos”. Lo dice la periodista Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura. Para ella, empezar una guerra es fácil. Lo difícil es ponerle fin.


Que lo digan las dificultades de las tropas de EE. UU. para evacuar a miles de ciudadanos afganos que colaboraron con ellos durante los 20 años de guerra, y ahora temen las represalias de los guerrilleros talibanes, que han tomado el poder.


Trece militares estadounidenses murieron y 18 resultaron heridos en un ataque terrorista en el aeropuerto de Kabul, mientras los soldados evacuaban a miles de civiles. Más de 90 afganos también murieron y al menos 150 resultaron heridos.


Los autores fueron militantes yihadistas del Estado Islámico, ISIS-K, el más violento de todos los grupos terroristas que operan en Afganistán. ISIS-K fue creado en 2015, durante la guerra en Irak y Siria, poco antes de que los yihadistas musulmanes fueran derrotados y desmantelados por la coalición militar liderada por EE. UU.
ISIS-K ha cometido algunas de las peores atrocidades durante la guerra, como ataques contra escuelas de niñas, hospitales e incluso una sala de maternidad, donde mataron a tiros a mujeres embarazadas y enfermeras.


ISIS-K tiene sede en Nangarhar, en el oriente de Afganistán. Allí controla las rutas de tráfico de drogas y personas que entran y salen de Pakistán.


ISIS-K se opone a los talibanes por considerarlos débiles frente a los invasores y por supuestamente haber negociado con el gobierno de EE. UU. una retirada ventajosa para ellos.


Casi todas las guerras son por intereses comerciales. Pues bien, la de Afganistán ha sido por la codicia que despiertan sus valiosos recursos naturales. El país ha sido invadido dos veces por el imperio británico, una en el siglo XIX y otra en 1919. La Unión Soviética lo invadió en 1979. EE. UU. lo ocupó en 2001. Pero los campesinos afganos han resistido todas las invasiones y al final han derrotado a los tres imperios.


La invasión rusa ha sido la más sangrienta. La guerra de más de una década dejó un millón y medio de muertos y unos 5 millones de refugiados. Ironías de la vida: la victoria de los muyahidines musulmanes contra los soviéticos, con la ayuda de EE. UU., creó un monstruo que, años después, dio vida a los grupos terroristas Al Qaeda y Estado Islámico.
Los talibanes surgieron durante esa guerra. En esa época, el presidente Ronald Reagan los llamó “combatientes de la libertad”. Luego del atentado a las Torres Gemelas, en Nueva York, organizado por Osama Bin Laden y sus yihadistas en 2001 −casi todos entrenados y armados por la CIA para resistir la invasión rusa en Afganistán−, el gobierno de EE. UU. pasó a llamarlos “guerrilleros fundamentalistas islámicos”.


Sobre la guerra en Afganistán, la periodista Svetlana Alexiévich escribió un libro célebre titulado “Los muchachos de zinc”. Allí cuenta la historia de miles de jóvenes soldados rusos muertos en combate y devueltos a su patria en ataúdes de zinc, porque los de madera eran muy costosos.

“He subido a un helicóptero y desde el aire he visto centenares de ataúdes de zinc, brillantes bajo el sol», dice. Nadie los había visto hasta entonces. “Fue más tarde cuando nos enteramos de que los ataúdes llegaban a nuestras ciudades y que los enterraban en secreto, de noche”. No cabían en las casas y no había dinero ni para sepultarlos porque la URSS se estaba desmoronando.


Los soldados muertos en la última y más larga guerra librada por EE. UU., en cambio, no regresaron a casa en ataúdes de zinc, sino en finos ataúdes de madera envueltos en la bandera norteamericana.

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