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El poeta laureado

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Por: Gustavo Álvarez Gardeazábal

¡Qué grata coincidencia! Esta, que es mi última crónica de este 2022, es para anunciar con bombos y platillos que el poeta de mi tierra, Omar Ortiz, será galardonado hoy con el Premio a la Vida y Obra de un escritor que cada año entrega la Gobernación del Valle.  

El acto, a celebrarse en el Hotel Intercontinental de Cali, y presidido por la Gobernadora Clara Luz Roldán y su secretaria de Cultura resume en su sobriedad la importancia del reconocimiento. Omar no solo ha escrito varios libros de poemas, muchos de los cuales han sido premiados.  

Omar ha sido la voz colombiana en festivales de poetas en varios países de América y Europa a donde le han invitado. Omar ganó alguna vez el Premio Nacional de Poesía que otorga cada tanto de tiempo la Universidad de Antioquia. Y todo eso, y mucho más lo ha logrado Omar sin irse de Tuluá.  

En la U Central del Valle es el director del Departamento Cultural, dicta cátedra y organiza cada año dos encuentros literarios nacionales e internacionales con escritores de prosa y poesía a los que acuden centenares de entusiastas, pues él tiene la gran capacidad y habilidad de montarlos perfectamente armados y aceitados para que funcionen y den eficientes resultados.  

Reconocido nacionalmente como un gran poeta. Editado en el país, en México, Nueva York, Madrid y París, ha publicado en las más apetecidas revistas literarias de esos y otros países, pero, sobre todo, Omar fundó y ha mantenido por casi 40 años la Revista Luna Nueva, tan bellamente editada como plena de poetas nuevos, de poetas provincianos que ven por primera luz sus versos en letras de molde y, desde allí, han levantado los pedestales de sus exitosas carreras.  

Liberal en sus conceptos, izquierdista en sus razonables tesis, moderado crítico literario, tiene sin duda alguna el derecho para recibir hoy ese honor que a mí me honra como tulueño fututo y a miles de poetas los lleva a aplaudir con grato entusiasmo.

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Marchas y Contramarchas.

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Por: Gonzalo Concha.

Cargadas de tigre se cocinan marchas y contramarchas, tanto de derecha como de izquierda; bien para protestar por el actuar y acontecer en el gobierno del Presidente Gustavo Petro; así como otros marcharán, para apoyar su gestión, planes y proyectos; y como si esto no fuera ya preocupante; todo se eleva a la máxima potencia cuando por las redes sociales y con conocimiento de causa y efecto, la cita sería para salir unos y otros, el mismo día, pronosticando así la tormenta perfecta.

Siendo la libre protesta un derecho fundamental (Constitución Política de Colombia ARTICULO 37. Toda parte del pueblo puede reunirse y manifestarse pública y pacíficamente. Sólo la ley podrá establecer de manera expresa los casos en los cuales se podrá limitar el ejercicio de este derecho) siempre sabemos dónde inician las marchas, pero nunca sabemos cómo terminan; olvidándonos que también debemos tener como referente fundamental, los derechos de los no marchantes, en su mayoría comerciantes que, por estar localizados en las vías preferidas para protestar, siempre terminan vandalizados y qué decir de cómo termina el mobiliario urbano, que es de todos y para todos; sin olvidarnos que estos eventos siempre afectan significativamente el libre desplazamiento de las personas que deben o que necesitan movilizarse.

Como caldo de cultivo, las marchas y contramarchas, que en poco o nada contribuyen en la consolidación de un País más justo, próspero y en paz; sí contribuyen enfrentando y distanciando a dos Colombias, con dolorosos episodios donde todas las partes siempre salen perdiendo.

Estamos a tiempo para ponernos hielo en la cabeza y sopesar la gravedad de lo que podría suceder con un viento huracanado en contra, cuando la emoción siempre termina derrotando a la razón.

En el Caso particular de Santiago de Cali – con recientes y dolorosas experiencias en esta materia – los daños de todo tipo que estas marchas pueden causarle a la ciudad cuando todo se sale de control, siempre es imposible cualificarlos y cuantificarlos, sobre todo si tenemos en cuenta que la ciudad atraviesa por una de las épocas más difíciles de su historia reciente en todos los campos, pero en particular en el delicado campo de la seguridad.

Hoy, cuando ya se asoma la elección de los alcaldes; en el caso de Santiago de Cali, con una amplia baraja de candidatos, es importante tener en el considerando que no solo debe caber todo el Municipio en la cabeza al candidato, sino que debe generar confianza y respeto por la democracia, así como una reconocida autoridad moral y la experiencia necesaria en el manejo transparente y eficiente de los recursos públicos – hoy de capa caída – esperanzados en un Santiago de Cali, donde todos nos sintamos incluidos, comprometidos y motivados con un llamado al: “SIN USTED; NO HAY UN NOSOTROS”

La prosperidad y la paz de Santiago de Cali, a todos compromete y beneficia; ni uno menos.

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LOS MUCHACHOS QUE SE ATREVIERON A DEJAR SUS CELULARES

Leidy Garcia Balvin

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Por: Juan José Hoyos

La historia empieza en los escalones de una biblioteca de Nueva York. Allí se reúnen cada semana unos doce adolescentes que participan de un rito muy particular. Hacen parte de un club. Y buscan liberarse de la dependencia de sus teléfonos celulares y de las redes sociales. Dicen que quieren aprender a usar sus cerebros.
“Estamos aquí todos los domingos, llueve o truene, incluso si cae nieve” le dice uno de ellos al periodista que los acompaña. Cuando han llegado todos, caminan hacia un parque, mientras esconden sus teléfonos. Muchos usan iPhone. Otros prefieren marcas y modelos más sencillos o antiguos. Pero la marca o el modelo de los aparatos no son para ellos motivo de ostentación. Todo lo contrario.
Habitualmente, buscan una pequeña colina alejada de la gente. Entonces empieza el ritual. “Algunos dibujan en cuadernos. Otros pintan con acuarelas. Con los ojos cerrados, uno se sienta a escuchar el viento. Muchos leen. Citan como héroes a escritores libertarios como Hunter S. Thompson y Jack Kerouac, y les gustan las obras que condenan los males que acarrea la tecnología” cuenta el periodista.
Lola Shub, una estudiante de último año de bachillerato, se muestra feliz de haber dejado de usar un teléfono inteligente. “Cuando conseguí mi teléfono tonto con tapa, las cosas cambiaron instantáneamente”, dice. “Empecé a usar mi cerebro. Me hizo observarme como persona. También he estado tratando de escribir un libro. Llevo como 12 páginas”.
La fundadora del club es Logan Lane, una chica de 17 años. Ella dice que durante el confinamiento de la pandemia su apego a las redes sociales se volvió preocupante para ella: “Me consumió por completo”. Para vencer su adicción, borró Instagram, que era la red que más usaba, pero eso no fue suficiente. Entonces decidió guardar su teléfono en una caja.
Logan cuenta que entonces sintió por primera vez lo distinta que era la vida sin un iPhone. “Leía novelas en el parque. Admiraba los grafitis cuando viajaba en metro y conocí a otros muchachos que me enseñaron a pintar con aerosol en los patios de estacionamiento de los trenes de carga”.
Sus padres valoraron su transformación, pero insistieron en que llevara un teléfono de los sencillos, con tapa, para poder comunicarse con ella. Sin embargo, el sueño de Logan es no tener ningún teléfono. “Mis padres son tan adictos a ellos…” dice al periodista. “Mi mamá entró en Twitter y Twitter se apoderó de ella”.
El club fue fundado en el 2021 y lleva el nombre de Ned Ludd, un obrero inglés del siglo XVIII que se volvió famoso por destrozar un telar mecánico para hacerles comprender a sus compañeros los peligros de la automatización y la industrialización. Hoy, el club tiene unos 25 socios.
Apenas acaba la reunión, los muchachos se van por un camino solitario, sin luces, y hablan de poesía, de música y de los males de Tik Tok.
Alex Vadukul, el periodista de 33 años que escribe la crónica, publicada en The New York Times, es uno de los jóvenes reporteros heredero de la tradición narrativa de los grandes periodistas del Times, como Gay Talese, a quien llama “su padre”.
Alex termina su relato contando cómo una estudiante señala el cielo y dice: “Miren. Estamos en cuarto creciente. Eso significa que la Luna se hará más grande…” Luego describe por última vez a los muchachos: “Caminando por la oscuridad, la única luz que brillaba en sus rostros era la de la Luna”.

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