Efectos deletéreos de la intemperancia verbal

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Por: Jesús Vallejo Mejía 

Hace años leí en Lecturas Dominicales de El Tiempo un interesante escrito del Dr. Mauro Torres, afamado psiquiatra, sobre el influjo que en la violencia colombiana de mediados del siglo pasado tuvieron los discursos incendiarios de Laureano Gómez y Jorge Eliécer Gaitán.

Al primero lo llamaban el “Monstruo”, por los feroces debates que llevó a cabo en el Senado y en su periódico, “El Siglo” contra los gobiernos liberales de Eduardo Santos y Alfonso López Pumarejo. No le faltaban razones, pero el modo de exponerlas contribuyó decisivamente a enardecer el clima político, que no se atemperó con las políticas conciliadoras de Alberto Lleras Camargo ni de Mariano Ospina Pérez.

Gaitán, por su parte, añadió a la hoguera todo el fuego que pudo con su oratoria altisonante que predicaba la lucha de clases y con sus ruidosas “A la carga” envalentonaba a la plebe contra lo que llamaba la oligarquía. Se recuerda que a menudo, después de sus famosos “Viernes culturales”, la masa que lo seguía ciegamente salía a apedrear las instalaciones de “El Tiempo”. A pesar de su preciosa “Oración por la Paz”, que pronunció pocos días antes de que lo asesinaran, el populacho enardecido protagonizó el tristemente célebre “Bogotazo” del 9 de abril de 1948.

Hay fuertes indicios de que ese crimen que partió en dos la historia de Colombia se fraguó desde el exterior. Así lo consideraba el presidente Ospina, que lo denunció como un complot comunista, hipótesis que encuentra serios fundamentos en la investigación que hizo Eduardo Mackenzie para su libro “Las Farc: el fracaso de un terrorismo”. Vid. Ensayo Al Fracaso de Un Terrorismo | PDF | Gobierno | Agitación (scribd.com).

Según información que recibí hace tiempos de la viuda de un importante dirigente liberal antioqueño, Jorge Leyva le confesó a él que a raíz de los descomunales desórdenes del 9 de abril los dirigentes conservadores optaron por desatar la violencia para impedir que los liberales ganaran las elecciones presidenciales venideras. Un libro de Eduardo Caballero Calderón, “Cartas Colombianas”, describe con lujo de detalles ese huracán de pasiones que se desató en el país por aquellas calendas.

Hay otra hipótesis muy discutible que vincula directamente a Fidel Castro con el crimen, pero no al servicio del comunismo internacional, sino como agente de la entonces naciente CIA (Vid. La CIA, Fidel Castro, El Bogotazo y El Nuevo Orden Mundial | PDF | Agencia Central de Inteligencia | Fidel Castro (scribd.com).

El que hoy nos desgobierna tiene una visión sesgada y muy estrecha de nuestra historia, especialmente en lo que concierne a esas décadas oscuras del siglo XX. Se declara sucesor de Gaitán y, sobre todo, de López Pumarejo. Anuncia que si algo llegare a sucederle, el país se sumergiría en un nuevo mar de sangre. Como dicen por acá, “le falta mucho pelo para la moña”.

Dejémoslo ahí, por lo pronto. Lo que ahora interesa es señalar que su oratoria y sus declaraciones altisonantes no avalan sus propuestas de concertar grandes acuerdos nacionales. Por el contrario, ahondan la peligrosa polarización que reina hoy entre nosotros.

A los empresarios que formulan reparos sobre la reforma laboral, los llama “esclavistas”. Los ganaderos que temen los despojos que anuncia la ministra comunista de Agricultura son para él “señores feudales”. Hoy titula en primera página “El Colombiano” que además insulta a los senadores, diciendo que se abrazan con los narcotraficantes. Vid. Petro aleja su “acuerdo nacional” a punta de insultos y peleas: estas son las rencillas (elcolombiano.com).

Vaya uno a saber si sus excesos verbales son fruto del embrujo del micrófono, que según Mauro Torres avasallaba a Gaitán, ya de algún inquietante desorden de su personalidad, ora de un propósito consciente animado por su velada pero muy visible ideología comunista.

Lo cierto es que, a diferencia de lo que predicaba en su momento Alfonso López Michelsen, no son los mejores días, sino los peores, los que están por venir. Como lo sostuve en un escrito de hace algunos días, su primer año de gobierno fue atroz. Pero los que restan no prometen ser mejores. Lo que se propone respecto del sector agrario preludia ríos de sangre. Ya no habrá fuerza pública capaz de contener los desmanes propiciados desde el propio gobierno. Las invasiones de fincas serán cosa de todos los días y el desorden en el sector conllevará desabastecimiento de alimentos, carestía y furor en las ciudades, amén de nuevos desplazamientos y masacres. Lo suyo no es la revolución moderada que predicaba López Pumarejo, sino la extremista de Fidel Castro. Algún buen amigo piensa que quizá nos conduzca a un infierno polpotiano.

Hace algún tiempo escribí que nuestro gobernante de marras podría pasar a la historia como uno de los mejores si optara por las soluciones que ofrece la socialdemocracia. Pero él es comunista hasta el tuétano y no le gusta construir sobre lo existente, sino destruirlo para edificar un socialismo obsoleto que ya ha demostrado su incapacidad para mejorar las condiciones de existencia de las comunidades.

Insisto en que lo que nos toca en estos momentos es implorar el auxilio de la Providencia. Hay que rezar mucho por la salvación de Colombia.

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