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viernes, diciembre 9, 2022

CREER O NO CREER, TAL ES LA CUESTIÓN

Por: Jesús Vallejo Mejía

La pandemia motivó a Alonso Palacios Botero, distinguido integrante de la Academia Antioqueña de Historia, a resumir y comentar el libro de Peter Watson “La edad de la nada: El mundo después de la muerte de Dios”.

Alvear Editor publicó tan arduo como meritorio trabajo bajo el título de “Dubitaciones: Ciencia, Religión y Cultura. Historia de las creencias que moldean las culturas y los valores del Siglo XXI”.

Todo ello gira en torno de la famosa declaración de Nietzsche acerca de la muerte de Dios, que registra la difusión del ateísmo en la cultura occidental.

Es bien sabido que el pensamiento medieval giraba en torno de la idea de Dios y específicamente la acuñada por la tradición judeocristiana. Pero la idea fue sufriendo distintas vicisitudes a lo largo del pensamiento moderno hasta que la increencia, bien sea bajo la forma explícita del ateísmo o la disimulada del agnosticismo, se convirtió en un lugar común en los medios académicos, en la intelectualidad, entre los científicos y, a partir de ahí, en el pueblo llano.

El caballito de batalla de los enemigos de Dios reside en los avances de las ciencias naturales, que elaboran sus hipótesis explicativas prescindiendo de la idea de un creador y conservador del universo. Se cuenta que Napoleón, después de escuchar las explicaciones del famoso astrónomo Laplace sobre el cosmos, le preguntó sobre el papel de Dios en su sistema, a lo que el interrogado respondió que la de Dios era una hipótesis innecesaria.

Así las cosas, la concepción del mundo, al prescindir de la idea de un Dios trascendente, ha devenido en la inmanencia. Al tenor de ello, se ha impuesto en muchos ámbitos la creencia según la cual la única realidad es la de un cosmos que se autorregula y obedece a su propio dinamismo.

La idea exhibe distintas derivaciones. Una de ellas, quizás la más significativa, es el materialismo, del que se desprende el cientificismo que predica que sólo son admisibles las afirmaciones que puedan sustentarse mediante los procedimientos validados por las ciencias positivas. Todas las demás serían conjeturas gratuitas desprovistas de sentido.

Ese materialismo se inclinaba en un principio por un estricto determinismo causal. La tarea científica se aplicaría precisamente a establecer las relaciones de causa y efecto en los fenómenos naturales, privilegiando la causa material y la causa eficiente de que hablaba Aristóteles y prescindiendo de las que el Estagirita consideraba como causas formales y finales.

La Física, la Química y la Astronomía quizás se acoplaban a ese estrecho modo de ver las cosas. No así la Biología, la Psicología y en general las ciencias humanas, para las que la idea de un universo ciego, ajeno a todo propósito, movido exclusivamente por fuerzas observables, cuantificables y controlables por medio de la tecnología resultaba insuficiente. Considerar que el hombre con todas sus manifestaciones es resultado aleatorio de la acción de esas fuerzas implica privarlo de lo que resulta primordial para su existencia, esto es, el sentido que le confiere racionalidad y le permite superar el absurdo. Es tema de fondo de las reflexiones de Viktor Frankl. Vid. Libros de Viktor Frankl | descarga gratis en pdf, epub, mobi. (libronube.com).

A partir de la escisión cartesiana que separa tajantemente la cosa pensante y la extensa, se ha dado una evolución conceptual que considera que el hombre no es naturaleza, sino cultura o, como dijo Ortega, historia. En lugar de verlo como un cuerpo natural, animado o habitado por un alma espiritual, se lo piensa en términos de un dualismo de naturaleza y cultura, siendo ésta su nota definitoria.

Esta idea es central en el pensamiento de Kant, quien para superar el determinismo universal que fluye de la física newtoniana y salvar la idea de libertad, plantea que una cosa son los condicionamientos naturales del cuerpo y otra muy distinta el ámbito de la conciencia, regida ésta por un ordenamiento moral fundado en la razón y aceptado de modo autónomo por cada individuo. Los devotos del filósofo de Könisberg se solazan exaltando la idea de libertad que predica, sujeta tan sólo a la racionalidad de una ley moral que prescribe para la valoración del comportamiento humano un absoluto desinterés.

La consideración de este dualismo va evolucionando hasta llegar al planteamiento sartreano del Ser y la Nada. Todo el mundo natural está determinado por leyes que constituyen su esencia. El hombre, en cambio, la construye con sus actos. En él, la existencia precede a la esencia. Y esa existencia vacía es precisamente la nada, pura forma sin contenido. Éste se configura mediante una libertad que no admite un ordenamiento superior que de cualquier modo lo constriña ni le fije finalidad alguna.

A partir de éstas y otras premisas, el pensamiento dominante hoy en día no sólo niega que el fenómeno humano, tanto en su individualidad como en su vida de relación social, esté limitado por un orden natural y muchísimo menos divino.

De la idea de la autonomía de cada individuo se ha pasado a la de las sociedades, respecto de las cuáles se niega que haya paradigmas superiores que ordenen su estructura y su funcionamiento. Es la voluntad de los detentadores del poder lo que las rige. Y esa voluntad ya no se considera inspirada por una razón esclarecida, como lo creían los clásicos, sino por ideologías a las que se presta una adhesión ciega.

Así se ve en el caso de la ideología de género, que niega los aspectos naturales de la sexualidad, comenzando por la diferenciación que para efectos reproductivos establece la biología entre varones y hembras, para centrarse tan sólo en el placer que las pulsiones apetecen. El deseo se ha convertido en el amo y señor de la humanidad. Todos los derechos giran en torno suyo.

Heidegger, que en su juventud abjuró de lo que llamaba el sistema del catolicismo, viendo en su madurez los efectos desastrosos del nihilismo contemporáneo, que descree de todo valor supremo llamado a orientar la vida de individuos y comunidades, exclamó no sin trasuntar cierta angustia: “Sólo un Dios puede salvarnos”. Pero no se atrevió a dar el salto de la concepción inmanente del cosmos a la trascendencia divina.

Admitir la realidad de Dios implica, como lo hace Claude Tresmontant en “Cómo se plantea hoy la existencia de Dios”, la admisión de un dualismo que diferencia el ser necesario y el contingente. Tresmontant demuestra con base en las leyes de la termodinámica que el mundo material no es el ser necesario, pues tuvo origen en el Big Bang y desaparecerá tarde o temprano en razón de la entropía. El ser necesario es, en consecuencia, de carácter espiritual y se impone sobre el contingente.

Ciertas tendencias del pensamiento científico contemporáneo le dan cabida al mundo espiritual. “The End of Materialism”, de Charles D. Tart, ofrece argumentos muy sugestivos para demostrar que la mente no es, como creen los materialistas, un fenómeno cerebral, pues de distintas maneras sale del cuerpo. Ya hay muchas evidencias científicas que apuntan hacia su supervivencia más allá de la muerte biológica (vid. (99+) God Is With Us; What Near-Death and Other Spiritually Transformative Experiences Teach Us About God and Afterlife – by Dr. Ken R. Vincent | Ken Vincent and John Morgan – Academia.edu).

En “There is a God and why it matters”, el Dr. Regis Nicoll se aplica a mostrar las debilidades e inconsistencia de los promotores actuales del ateísmo de quienes se ocupa el libro de Palacios, para sustentar la tesis de que Dios es la hipótesis más plausible para explicar el origen y la naturaleza del universo, así como los aparentemente insolubles problemas del mal, el sufrimiento y la injusticia. Vid. Amazon.com: Why There Is a God: And Why It Matters eBook: NICOLL, REGIS: Tienda Kindle

En síntesis, si optamos por el reconocimiento de la trascendencia del ser necesario, se nos abren vías explicativas adecuadamente racionales para entender la realidad, mientras que si nos ceñimos a la inmanencia del mundo tendremos que resignarnos al imperio del absurdo. Es asunto que ha tratado con maestría Jean Guitton en “Lo Absurdo y el Misterio”.

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